El régimen de Maduro y el ascenso del planeta de los simios

Carlos Herrera Orellana

Para cualquier lector o ciudadano inadvertido, podría parecer que las líneas a continuación esbozadas hacen referencia a la popular franquicia cinematográfica que lleva este mismo nombre donde, como resultado de un experimento de laboratorio, un grupo de primates superdotados escapa del cautiverio humano y crea una rudimentaria organización social, estableciendo alianzas que posteriormente les permitirán confrontar a sus adversarios más evolucionados en búsqueda de disputarle la supremacía global como especie dominante y su derecho a existir. Sin embargo, distinción aparte de lo aquí señalado que examina el crítico estado social, económico, político e institucional que atraviesa Venezuela consecuencia de la instalación de un modelo socialista real de planificación centralizada e intervención gubernamental en casi toda esfera de la vida de los venezolanos, no puede ser más necesario y oportuno marcar algunas consideraciones que siempre parecen armonizar, para dicha nuestra —y en atención a la posibilidad de mirar un tema desde otro lente— la ficción con la realidad, especialmente cuando de la condición humana se trata.

Ciertamente, la analogía aquí propuesta no remite en primer lugar a la mencionada película, sino que hace referencia a las investigaciones llevadas a cabo por el primatólogo holandés Franz de Waal en su obra titulada El mono que llevamos dentro, donde entre otras cosas por demás interesantes, aborda dos elementos clave y actualmente en indiscutible pugna nacional: la capacidad de violencia humana procedente de nuestros ancestros y, al mismo tiempo, los cimientos del desarrollo moral que devienen, entre otros, en la autoconservación y el sentido de posesión, como forma de disposición original que evolutivamente daría paso al derecho de propiedad jurídicamente garantizado. En vista de la densidad de estos dos aspectos tratados por de Waal, nos referiremos en esta ocasión solamente al primero, la capacidad de agresión, sobre la que el investigador europeo explica: “La identificación grupal, la xenofobia y el conflicto letal, tendencias todas que se dan en la naturaleza, se han combinado con nuestra altamente desarrollada capacidad de planificación para ‘elevar’ la violencia humana a su nivel inhumano”. En relación a los conflictos entre distintos clanes de chimpancés por recursos en su estado de naturaleza, señala: “… su respuesta fue que los atacantes mostraban un grado de coordinación y ensañamiento no visto en las agresiones intracomunitarias. Los chimpancés actuaban casi igual que cuando cazaban, y trataban al enemigo más como una presa que como un congénere (…) Hay informes de chimpancés que han vuelto a la escena del ‘crimen’ semanas después, aparentemente para verificar el resultado de su ataque”.

Sabemos que, en la actualidad, existen no pocos casos a nivel nacional, e incluso global, que confirman nuestra efectiva herencia de esta inclinación hacia la violencia, pero pensemos, por un momento, en uno en particular muy reciente ocurrido en Caracas: el asalto desmedido, pérfido y ruin por parte de distintos cuerpos de seguridad del Estado, así como de civiles armados, contra el conjunto residencial conocido como ‘Los Verdes’ en El Paraíso, que conllevó la destrucción sistemática de bienes de propiedad privada, agresiones y detenciones arbitrarias de residentes que ejercían su legítimo derecho a la protesta frente a un panorama que los está condenando a la esclavitud y la mendicidad. En este sentido, ¿es factible establecer alguna comparación entre el comportamiento de estos funcionarios con la dinámica de los chimpancés o resulta una aventura y/o improperio hablar de estos atavismos al presente? De Waal parece orientarnos en al menos parte de la respuesta: “Por desgracia, este espantoso comportamiento no es diferente del de nuestra propia especie. Tenemos por costumbre deshumanizar a nuestros enemigos, igual que los chimpancés tratándolos como si pertenecieran a una especie inferior. Durante las primeras semanas de la guerra de Irak, me sobrecogió una entrevista con un piloto norteamericano que explicaba entusiasmado que de niño había seguido la guerra del Golfo y había quedado fascinado por las bombas de precisión (…) la guerra para él era un tema tecnológico, como un juego de ordenador al que finalmente se le permitía jugar. Lo que ocurría del otro lado, parecía no pasar por su mente. Quizá sea precisamente eso lo que quieren los militares. Porque, en cuanto uno comienza a ver al enemigo como un ser humano, las cosas empiezan a torcerse”.

Detenerse a meditar el asunto y repasar las imágenes que van y vienen de nuestra vida cotidiana hoy en Venezuela puede oscurecer definitivamente el panorama, al mismo tiempo que darle una dosis de realismo para ser conscientes de lo que implicará revertir las ideas y emociones nocivas que se han irrigado en nuestra sociedad. No obstante, se debe decir del mismo modo que esta atmósfera decadente ha permitido el surgimiento —o la constatación— de lo mejor que podemos dar y ser frente a la fatalidad, esa otra arista moral dirigida a proteger lo propio, también estudiada por de Waal y que será comentada en el próximo artículo. Cerramos estas líneas con una breve anécdota que enlaza, de nuevo, ficción y realidad: en la cinta El amanecer del planeta de los simios (2014) el líder de la revolución que conduce a los primates a la guerra contra los humanos mediante el engaño y el rencor lleva por nombre Koba, seudónimo que acuñaría el mismísimo líder soviético Iósif Stalin durante su vida, el resto es historia.

Vía El Cato.

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